Cristo resucitó, la muerte fue vencida - San Agustín de Hipona
¿Por qué, pues, te extrañas? Cristo es, ciertamente, la vida. ¿Por qué murió la vida? No murió ni el espíritu ni la Palabra; fue su carne la que murió, para que en ella muriese la muerte. Sufriendo la muerte, dio muerte a la muerte: puso el cebo en el lazo al león. Si un pez renunciara a comer, no caería en el anzuelo. El diablo tenía avidez y avidez de muerte. La cruz de Cristo fue una trampa; la muerte de Cristo, mejor, la carne mortal de Cristo, fue como el cebo en una ratonera. Vino, lo tragó y quedó preso. Ved que Cristo resucitó: ¿dónde queda la muerte? Ya se dice en su carne lo que al final se dirá en la nuestra: La muerte ha sido absorbida en la victoria (1Co 15, 54). Había carne, pero no corrupción. Permaneciendo la misma naturaleza, se transforma su modo de ser; la sustancia es la misma, pero en ella no habrá ya defecto alguno, ninguna lentitud, corrupción, necesidad, nada mortal, nada de lo que solemos conocer en la tierra. La tocaban, la manoseaban, la palpaban, pero no la podían matar.
(San Agustín de Hipona, Sermón 265 D.)

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