Viernes Santo - Santo Temblor

Brooklyn Museum - The Confession of Saint Longinus (Confession de Saint Longin) - James Tissot


Cum metu et tremore vestram salutem operamini (Epistula ad Philippenses 2, 12).
Con temor y temblor trabajar por vuestra salvación (Carta a los Filipenses 2, 12)
Por medio de su epístola a los cristianos de Filipos, el Apóstol nos exhorta a obrar en pos de nuestra salvación con temor y temblor. Con temor de Dios, pero no solo con temor, sino también con temblor. Muchas veces se olvida esta virtud y este don del temblor, o se tiende a homologar ambas nociones. Yo pienso que hoy día, aún más que el Santo Temor de Dios, escasea el Santo Temblor, que es hasta para muchos cristianos desconocido.
Centurio autem et, qui cum eo erant custodientes Iesum, viso terrae motu et his, quae fiebant, timuerunt valde dicentes: “Vere Dei Filius erat iste!”. (Evangelium secundum Matthaeum 27, 54)

Cuando el centurión y los que con él estaban custodiando a Jesús sintieron el terremoto y lo que pasaba, quedaron aterrados y decían: "¡Realmente éste era Hijo de Dios!" (Evangelio según San Mateo 27, 54)

Dios manifiesta su poder en el mundo. Y, como si el inmenso Amor clavado y alzado no bastara para convertir los corazones hacia Él, hace temblar la tierra, la sacude, la mueve. El poder de Dios en ese acto se hace signo de sí mismo. Pero allí, en el Calvario, no solo tembló la tierra física, tembló la tierra del espíritu.

Es que Dios no nos puede ver quietos, indiferentes, busca en nosotros el desequilibrio, la inquietud. Nos sacude, nos descoloca. Nos mueve el piso, nos remueve el suelo y nos desestabiliza. Nos muestra lo inestable, lo inconsistente de las cosas de este mundo, lo inconsistente de todo lo que procede del hombre. Y espera en nuestra humildad ¿Dios espera? ¿Por qué espera? Porque, como dice Péguy, Dios ama al pecador en la esperanza. Dios espera. Espera nuestra conmoción y turbación profunda. Espera que temblorosos reconozcamos: “Vere Dei Filius erat iste!”. Se vale Dios del movimiento de lo inestable e imperfecto para disponernos al dinamismo de la perfecta estabilidad del amor divino, el dinamismo de lo inmutable. Que vibre nuestro espíritu ante la contundencia del misterio inefable. Lo divino escapa a toda previsión humana. Lo sobrenatural, en su gratuidad, irrumpe con violencia en el ámbito de lo natural. Violenta es esa irrupción porque es una fuerza (vis) infinita que penetra en la existencia finita de lo creado. Porque lo sobrenatural jamás podrá ser la evolución de lo natural, o una nueva instancia o estadio de lo natural. Entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo humano y lo divino, entre lo creado y lo increado hay un abismo ontológico irreductible. Es así que cuando la eternidad se introduce en la historia la revoluciona.

Solo los corazones chatos responden con indiferencia a la manifestación de la magnificencia, el poder y la justicia de Dios. El hombre mundano, el hombre que se ha hecho tierra, teme cuando tiembla lo terreno, y teme por lo terreno, a lo que ha reducido toda su vida. Mas su temblor es sólo físico, epidérmico, cuanto mucho psíquico pero nunca espiritual, dimensión que se ha fundido en el equilibrio psíquico. Bajo esta clave todo desequilibrio fisiológico y emocional se entiende como un mal absoluto.

Si no hemos cauterizado nuestro anhelo de trascendencia no puede dejar de temblar nuestro espíritu (animus) ante la expresión de lo divino en el ámbito o en la esfera de lo mundano. Bajo la mirada trascendente el temblor de la tierra cobra sentido espiritual, y más que espiritual, cobra sentido sobrenatural. El ser humano se sabe hecho de tierra (humus) y, en el reconocimiento de su condición y origen, halla la humildad. Humildad es, en principio, reconocer la bajeza de la condición humana ante la majestad de Dios. Y la tierra así adquiere, insuflada por el espíritu, otro sentido, uno más humilde y al mismo tiempo más trascendental. La humildad es condición de posibilidad para el santo temblor. El suelo fértil del corazón tiene que vibrar, tiene que temblar. Entonces el hombre abierto a la experiencia de lo trascendente ve en el milagro un signo, ve más allá y se eleva por sobre la dimensión inmanente de las cosas. Si no hemos resuelto nuestra existencia en el plano de lo temporal temblaremos. Y en el temblor optaremos, ante la evidencia de su excelencia, por Cristo o contra Él.

El auténtico hombre de Fe tiembla y hace temblar. Y es la misma fuerza divina de la Gracia con que ha de obrar simultáneamente ambos actos. Si tiembla verdaderamente hará temblar. Con el nombre de Cristo llevamos el temblor de Dios. Heraldos del temblor, del terror, terroristas santos, no por santidad personal, sino por la santidad de la misión. Llevamos en alza el estandarte de la Cruz y del Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, al son de batalla (¡resuenan cuernos y tambores de guerra!), para que los corazones se estremezcan, para que las naciones tiemblen, ante el poder y la magnificencia de la Caridad de nuestro Dios. Somos nosotros mismos como tambores de guerra sobre los que Dios percute, instrumentos de Dios para hacer temblar la tierra, para hacer temblar las almas, anunciándolo.

Para participar de este Santo Temblor debemos dejarnos percutir por Dios, y dejar que la vibración llegue hasta lo más hondo, hasta la médula de nuestro ser, hasta las regiones más íntimas, más recónditas, más arcanas y más remotas.


Filócalo, el perfumista del Apocalipsis.

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