Cristo asumió en su carne la maldición del pecado - San Agustín de Hipona

Rodrigo Crespo - "Cristo en la ciudad"

Tampoco hay que considerar como una afrenta al Señor el llamar maldito a quien penda de un madero, pues colgó de él en la parte mortal de su persona. Ahora bien, los creyentes saben de dónde procede la condición mortal: proviene, sin duda, del castigo y maldición originados en el pecado del primer hombre. Esa maldición la asumió el Señor y en su cuerpo llevó sobre la cruz nuestros pecados. Si hubiese dicho: La muerte ha sido maldecida, nadie se hubiese horrorizado; mas ¿qué otra cosa pendió del madero sino la muerte del Señor para vencer, muriendo, a la muerte? Por tanto, ha sido maldecida la misma que ha sido vencida. De igual manera, si hubiera dicho: El pecado ha sido maldecido, nadie se extrañaría; pero ¿qué otra cosa colgó del madero, sino el pecado del hombre viejo que el Señor asumió en nuestro favor en la misma mortalidad de la carne? Ésa es la razón por la que el Apóstol ni se sonrojó ni temió decir que lo hizo pecado por nosotros, añadiendo: para condenar al pecado por medio del pecado. Pues tampoco nuestro hombre viejo quedaría a la vez crucificado -como dice el mismo Apóstol en otro pasaje- en caso de no pender la figura de nuestro pecado en aquella muerte del Señor para destruir el cuerpo de pecado y para que no fuéramos ya más esclavos del pecado. Como figura de esa muerte y pecado, también Moisés clavó la serpiente sobre un madero en el desierto. De hecho, el hombre cayó en la condena de muerte debido a la persuasión de la serpiente. Por ello resultó adecuado levantar a la serpiente sobre un madero para significar la misma muerte. En el madero pendía en símbolo la muerte del Señor. Pero ¿quién se opondría si se dijese: Ha sido maldecida la serpiente que pende del madero? Y, sin embargo, la serpiente que prefigura la muerte de la carne del Señor pendía de un madero. De esa prefiguración da testimonio el mismo Señor cuando dice: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, conviene que sea levantado el hijo del hombre sobre la tierra. Nadie dirá tampoco que Moisés hizo esto con ánimo de afrentar al Señor. Él conocía la abundancia de salvación para los hombres que radicaba en tal cruz y, para indicarla, mandó levantar aquella serpiente con el único objetivo de que quienes, mordidos por las serpientes, estuviesen abocados a la muerte, sanasen al instante con sólo mirarla. El hacerla de bronce no tuvo otro motivo que significar la fe en la pasión, de efecto duradero, del Señor. Hasta el vulgo designa como «de bronce» aquellas cosas cuya contextura permanece. Si los hombres se olvidasen y llegara a borrarse de la memoria temporal que Cristo murió por los hombres, entonces estarían muertos de verdad. Mas ahora permanece la fe en la cruz como realidad «de bronce», de modo que, mientras unos mueren y otros nacen, los hombres encuentran que ella permanece como realidad sublime, mirando a la cual quedan sanos. Nada hay, por tanto, de extraño en que haya vencido a la maldición con la maldición quien venció a la muerte con la muerte, al pecado con el pecado y a la serpiente con la serpiente. No obstante, la muerte ha sido maldecida, maldecido ha sido el pecado y maldecida la serpiente, cosas todas vencidas en la cruz. Maldito todo el que pende de un madero. Así, pues, dado que Cristo justifica a los que creen en Él no por las obras prescritas por la ley, sino por la fe, quedó eliminado el temor a sufrir la maldición que recaía sobre la cruz; para los gentiles, permanece el amor a la bendición de que fue objeto Abrahán por el ejemplo de su fe. Para que, mediante la fe, recibamos el anuncio del Espíritu, es decir, para que a los que van a creer se les anuncie no lo que se teme en la carne, sino lo que se ama mediante el Espíritu.

(San Agustín de Hipona, Exposición de la Carta a los Gálatas, 22.)

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